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Arte

Posted by analaura

19 Apr 2012 — No Comments

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Introducción: un espacio de dolor.
Me enseñaron que el cuerpo-sobre todo el cuerpo femenino- era un espacio de dolor. De una forma intuitiva, siempre he buscado un antídoto contra esto. Ahí empieza mi experiencia con el arte.

 El contexto vital que heredé, fue la huella aún fresca de la Guerra Civil, especialmente cruel para los que ya nacen desposeídos. Un periodo en la historia que segó con afilada guadaña los sueños sencillos de mis antecesores. En sus aldeas remotas, lucharon por la supervivencia en un presente desolador. Su culpa fue haberse aliado con los perdedores: muchos murieron, algunos por algo tan común como el chivatazo de un vecino. La traición del amigo supuso, por norma, rechazar la comunicación con el exterior. Se implantó un miedo a lo extraño. La cotidianeidad acontecía en un territorio vital  muy reducido. Todo cuanto no entraba en la protección de sus muros blindados, era sospechoso. Sus vidas consistían en comer, trabajar y reproducirse. Bastantes problemas suponían estas necesidades básicas. Cualquier cosa tenía una única función práctica: el pan es para comer, un armario es para guardar ropa ,una habitación es para dormir, una vaca es para dar leche… la mujer sirve para dar hijos. Eran burros de carga. Los momentos de ocio se contaban con los dedos de una mano. La cultura era cosa de los ricos. Mis abuelos vivieron así. Sus hijos -mis padres- crecerían creyendo en un mundo Infra -realista.

Hace poco vi en compañía de un amigo la película Los Santos Inocentes (Mario Camus, 1984). Le comenté que conocí esa clase de personajes en el pueblo en el que yo pasaba los veranos cuando era niña . Pensó que exageraba. Un buen salto generacional difícil de comprender si no lo has vivido.

Una batalla : contra la naturaleza.
En mi adolescencia, lidié una batalla de género contra mi padre. El papel, mi lugar en el mundo y en la familia que él esperaba de mí, era algo que me negué a aceptar. Para mí, una vida desde la perspectiva biológica era insuficiente y pobre. Mi única arma por entonces era decir a todo que no. No, no y no. Mi vida no iba a reducirse a planchar los calzoncillos de mis hermanos.

Tuvo que pasar mucho tiempo para aceptar mi propio cuerpo. El cuerpo se consideraba en mi entorno familiar un saco de patatas, un peso, un mero portador de sufrimiento. Su función era aguantar. La vida adulta  amenazaba con llegar muy rápido. Era urgente buscar opciones que me allanaran el camino. A todo esto había que soportar la paranoia de un posible embarazo. Se veía a la mujer como presa impotente de una masculinidad animal. En mi familia, una joven embarazada antes del matrimonio pasaba a ser basura. La sexualidad debía tener un único objetivo procreador, dentro de unas normas morales inflexibles. El deseo era sinónimo de pecado. No en un sentido religioso, sino en el sentido de una mancha que impide que tu entorno te acepte para siempre. Se decían tantas cosas terribles y absurdas que me cuesta escribir sobre esto, ni siquiera me sale la ironía. Es una porción de memoria que duele especialmente. Este terror a lo prohibido resultaría en una curiosidad inagotable por el placer y la diversión.

Decidí que mi cuerpo debía ser mi santuario, algo muy distinto a la inhóspita mazmorra que se me había inculcado. Mi cuerpo era, después de todo, mi única posesión. Deseaba legitimar el lugar desde donde veo y siento el mundo. Era necesario prescindir de la opinión de los demás . Si no eras una “mujer 10”, que eran mujeres de mundos muy lejanos al mío, tu futuro ya estaba escrito. Una súper- mujer era la que había cazado un buen marido. Estas leyes las ponían los hombres y sus mudas mujeres. Esto, por supuesto, no era una actitud exclusiva de mi familia y no pertenece al pasado: todavía veo, en los lugares más insospechados, un verdadero empeño en enmudecer a las mujeres. Por ejemplo, no conozco una, que en alguna ocasión no haya fingido un orgasmo. Esta regla de agradar al sexo opuesto sigue vigente, en todos los estamentos sociales, desde el barrio al mundo del arte.

Hablo de sexualidad porque para mí, arte y sexualidad- en el amplio sentido de la palabra- van unidos. Cuerpo como ente sensual, opuesto al “saco de patatas”. Cuerpo como escultura, como banco de ideas, como mediador de sentimientos. Cuerpo como proyección infinita de ti misma, como colector de personalidades. Cuerpo como lenguaje. Este proceso de desechar el juicio de los demás y sustituirlo por un sistema personal opuesto, pero que resuena contigo, lleva mucho tiempo, dedicación y tozudez. Luchar por tu autonomía tanto mental como práctica, es el primer paso a la libertad. Encontrar un lugar donde se te permita ser es una suerte. Yo encontré el arte.

He recurrido a todo aquello relacionado con la necesidad básica de comunicar, desde un mundo donde como ya he dicho, la mujer es un personaje mudo, pasivo e impotente, que se deja hacer sin protestar. La creatividad, tanto mía como de otros a mi alrededor, han sido mis alas en un campo de minas. Creación  a un nivel alejado de la realidad como monolito innegociable y desde luego, muy por encima de mis posibilidades. Mi primera herramienta fue la construcción de una identidad a través del atuendo. Soy una esteta. Eso ya nunca lo podré cambiar. Es un ritual mágico y por lo tanto, sagrado. Para mi estar desnudo ante la sociedad, ser “yo”, es estar vestido.

El atuendo diseñado con la colcha de cama del ajuar de mi madre y mi maquillaje punk subrayado con labios negros perfectamente perfilados, fueron mi primer manifiesto y sin duda, mi primera obra de arte.

Tuve que oír la palabra “puta”  muchas veces en el barrio.  Para ellos, ser “puta” no era algo necesariamente sexual: lo era porque vestía diferente, porque no quería fingir modestia con una cara lavada; porque afeaba mis atributos físicos; porque me pintaba ojeras; porque me había atrevido a afeitar parcialmente mis bucles de oro; porque mis vestidos negros llevaban aperturas que parecían hechas con navajas; porque me gustaba hacer carreras a las medias a propósito… porque era un ser solitario. Sentí mucho miedo de posibles ataques de los chicos del barrio, cuya única arma contra mí habría sido forzarme sexualmente, una forma de subyugarme y demostrar quién tiene la razón. Me engañé pensando que nada ni nadie podría hacerme daño, que había dado con el principio de un escudo de protección invisible. Era “una rara”. Una viva representación de ira y –a la vez- de entusiasmo. A veces, cuando entraba en una tienda, se producía un silencio amenazante. Aún siento este eco cuando entro en algún espacio, sobre todo en los eventos de arte. Me imagino que ese aura de disconformidad latente prevalece.

Otros como tú.
Descubrirlos, conectar con seres afines: esta fue mi primera batalla ganada contra el mundo exterior. Creo que una de las mejores dotes es encontrar cómplices o personas mágicas. Lograr sin esfuerzo que la gente crea en ti, que avalen tu existencia y que, a su vez , tú creas en ellas y les correspondas con tu apoyo. Complicidad y reciprocidad. Cuando recurres a lo abstracto para crear un meta-lenguaje en continua construcción, no es fácil encontrar  buenos confidentes. Juzgar y que te juzguen no suele significar sinónimo de amistad. La oscuridad da menos miedo y la celebración es mucho más intensa con  buenos compañeros de viaje.
Si pienso en cuáles son las “obras de arte” que me han influido más en mi vida, puedo decir abiertamente que han sido mis amigos, la familia sin lazos de sangre que he escogido, que no me han impuesto. También hay duros desencuentros. Descubres una paradoja contradictoria: cuando se supone que el arte debe unir ,muchas veces te hace alejar de aquellos que en su día fueron referentes importantes. La vida -como el arte- te separa.
La decisión de estudiar en la Universidad de Bellas Artes de Bilbao fue sin ninguna duda una buena decisión. Allí me daría cuenta de lo importante que es comprobar que hay otros como tú. Que no eres un monstruo. Junto a la mediocridad de ciertos profesores, descubrí también buenos mediadores en el mundo académico. Eran aquellos capaces de transmitir con ejemplos concretos, lo que tú buscas a trompicones, sin disciplina ni un camino preciso. En aquella época, cualquier mínimo gesto externo era un libro abierto de iniciación .Con mi radar de valores personales recién estrenado, no tardé en captar a aquellos que destacaban, por su desafío vital, en un mar de meros estudiantes. Mis héroes son aquellos que trabajan sin miedo a desbancar el estatus mítico del arte y ponen en duda la opinión de los demás. El arte no es democrático.

Me matriculé en la Facultad de Bellas Artes sin apoyo familiar, lo que significaba falta de apoyo económico. Mi falta de medios me obligaba a buscar otras formas de expresarme. Hacía esculturas con objetos encontrados en la basura en containers o regateando en mercadillos para adquirir cachivaches y tejidos que de ninguna manera eran lo que la historia del arte reconoce como materiales artísticos nobles…o como “arte”. Mi versatilidad era mi mayor riqueza. Siempre he re-utilizado todo lo que encuentro en mi armario. Si era capaz de dibujar con tanta rabia y expresión, me imaginaba que podría pintar. Si era capaz de hacer una escalera con restos de baldosas insertados en un terreno de arcilla, podría hacer una escultura. El artista es quien dota a algo inerte con una dimensión transcendente. No todo es trabajo con cincel, hay muchas ideas que provienen del azar, de los encuentros, de todo aquello que se supone no es arte. Las mejores obras suelen ser equivocaciones, errores, fallos. Huellas de intentos fallidos. El arte no es perfección.

Toda esa “falta de profesionalidad” o mejor dicho, falta de metas, me ha posibilitado mantener una postura que considero crucial : el arte no es una profesión, simplemente es una forma de vivir, una carrera de fondo. La perseverancia es necesaria para subsistir en él.

Hace mucho tiempo que aprendí que cada persona tiene su lugar en el mundo y que la envidia, por norma, hay que rechazarla. Por supuesto, ante experiencias negativas, me dan rabietas tipo “ ojala hubiera sido una artista británica” y conseguir un respeto unánime por la crítica… y tener más pasta. Ser mujer y ser artista es muy conflictivo: la sociedad se encarga de darte un ladrillazo en el momento que destacas demasiado.  Afortunadamente no todo es oposición externa. Se contrarresta con el cultivo de relaciones intensas y fructíferas con otros creadores -mujeres y hombres- que tengo el honor de encontrarme en el camino.
Es absolutamente necesaria una validación entre artistas.

Ana Laura Aláez, Mallorca, 2011.


Itziar Bilbao Urrutia & Ana Laura Aláez 1984-Bilbao

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