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Arteleku- 23 de Julio-2013-conferencia Ana Laura Aláez

Posted by analaura

15 Aug 2013 — No Comments


Conferencia de Ana Laura Aláez en
ARTELEKU-San Sebastian
(Dentro del marco producciones de arte feminista: procesos de conocimiento e interrelaciones generacionales ).
23 Julio. 2013

ESTRUCTURA Y TRAICIÓN
Subtítulos : CONTRA LA NATURALEZA

Como esta ponencia está dentro de un marco de producción feminista en distintas generaciones de mujeres, me parece apropiado hacer un pequeño análisis de mis orígenes. Concretamente de mis comienzos con la práctica del arte que remonta a los años ochenta. Estos días, al corregir este texto, me doy cuenta que hay muchos puntos en común con la actualidad. Es decir, parece que las cosas vuelven a ser como antes. Y bueno, el retroceso no es precisamente un buen augurio.

En mis años de adolescencia, viviendo en Bilbao, era muy difícil encontrar sitios que resultaran atractivos. Parafraseando a una gran amiga: “mis mejores amigos los he conocido en bares”. Yo añadiría: no hay arte sin buenos camaradas. Los garitos más inmundos fueron para mi, las mejores clases de iniciación al arte. Nunca fueron puntos de encuentro a los que ansiara ir, pero al menos, encontraba en ellos algún resquicio donde era posible otro nivel de locución distinto al cotidiano. Se tejía una diminuta red y era posible encontrar cómplices en los sitios menos oportunos. La declaración de Blanche Du Bois en Un tranvía llamado deseo, “siempre he creído en la bondad de los desconocidos” podría ser aplicable aquí. Estoy hablando de lugares donde la mayoría de la gente que acudíamos, pertenecíamos a la clase obrera. Había que buscar otras opciones comunicativas porque la situación política y social en aquellos momentos era un paisaje bélico en llamas.

Las manifestaciones callejeras, fueron los primeros y muchos performances que presencié. Mis estudios de Bellas Artes en la Universidad de Lejona, en Bilbao, se intercalaron más de la mitad de los días lectivos con numerosos períodos de huelga. A nivel docente, se buscaba pactar los derechos y voz propios de los estudiantes en paralelo con los nuevos programas de estudios. Aunque la razón más destacable era la lucha por la autonomía, había más conflictos: terrorismo, una militancia contra el estado español, el movimiento en contra de la Central Nuclear de Lemóniz, etc. Un buen cóctel molotov que no dejaba un hueco dónde se situara la mujer que no se viera representada dentro de las pautas sociales tan marcadas en ese tiempo y en ese contexto. Además todo era dramático. El contexto imperante establecía una relación de causa y efecto inamovible. Te decían, ten cuidado con lo que haces porque todo tiene una consecuencia. Sonaba casi como las amenazas sobre el pecado con que nos habían amedrentado de niñas desde el púlpito.

En el arte, no se podía hacer una escultura antropomórfica y pintar abstracto. Se te obligaba a escoger un rígido posicionamiento que era político, antes que artístico. Los artistas debían representar la lucha social y por tanto, fusionar sentido y significado. Era muy tentador subordinar la realidad artística a la transmisión de una idea. Se hablaba mucho de la funcionalidad del arte. Pese a todo, lo creativo en aquellos momentos era comedido, educado, políticamente correcto. Aquello que se considerara sucio no era mínimamente contemplado. Era más importante el resultado que el proceso. Las experiencias de miedo, humillación, caos, rechazo, duda, huida, traición, falta de ubicación, negación de origen, deseo, sexo, fracaso, tentación, caída, retroceso, etc, etc, parecían insuficientemente relevantes para el arte. Sin embargo, todo lo que me preguntaba radicaba en la presencia-ausencia femenina: ¿ dónde está la mujer?; ¿ dónde está el corazón?; ¿dónde está el sentimiento?… ¿ dónde esta la mirada primera de los espacios, las personas, las cosas?.
Y otras muchas preguntas sin respuesta que surgieron desde el primer contacto con el arte y que imagino compartiréis conmigo: ¿Un artista dice una cosa repetidas veces o… existe una evolución?. ¿ Tu escoges al arte o el arte te escoge a ti?. ¿Es un artista alguien que repite su historia una y otra vez?

Los dandies -buenos referentes para mí- los veías en un libro, pero nunca en la calle, en tu realidad inmediata. Entre otras cosas, porque salir así, suponía ser una víctima lapidada a insultos. Era como militar en un bando enemigo. Te pagaban con desprecio e incluso con violencia. Había una dominación bajo una moral política subterránea que aniquilaba, por decreto y ley, lo estético. Porque lo estético, la creación de un estilo, según el sistema, supone una ausencia de pensamiento y por lo tanto, una ausencia de obra. El dandi es en general, un incomprendido por sus contemporáneos al que se le atribuye su extravagancia y actitud como únicos méritos en su vida. A un artista se le mide por su cuerpo de trabajo. Me fascina que la obra sea el propio personaje como una forma contestataria al sistema de producción, al sistema del mercado del arte. Parece ser que las ideas deben necesariamente buscar un soporte físico aunque este sea efímero. Pero producir mucha obra no significa necesariamente calidad de trabajo. Quentin Crisp- un ejemplo de dandi por excelencia- decía que si el concepto de belleza se relacionaba directamente con la mujer era porque los hombres habían construido esa idea y que por tanto, quedaba mucho por construir…o por destruir podríamos decir. Hablando de dandies, sería interesante indagar por qué se atribuye injustamente dandismo al género masculino, excluyendo a las mujeres.

Sin saberlo por aquel entonces – porque ahora soy muy consciente – la estética de mi atuendo fue una forma de catarsis frente a esta sociedad convulsa. Cualquier pieza de indumentaria genérica, llevada al territorio personal, puede convertirse en una forma más de expresión creativa. Las críticas que recibía fueron desde el principio muy mordaces. Ahí me dí cuenta que la diferencia, por norma, es una amenaza que se tiende a exterminar de golpe. Más que un propósito en la indumentaria, más que la búsqueda de un resultado inmediato, de un reconocimiento, lo interesante, es rendirse al deseo de expresarse con algo muy común. No se puede esperar a que lleguen las musas. Lo que tienes alrededor es ya un material de partida. Ahí se forma el germen de un proyecto personal. Ahí empiezan muchas historias.

Una prenda de vestir se puede convertir en otra cosa si se le exime de su funcionalidad. Creo que esta actitud tiene que ver con el arte. Me refiero a una postura de ser amable con lo que tienes, de utilizar los medios que hay a tu alrededor. A no dejarte sucumbir ante el brillo refulgente que los demás piensan que es el arte. Esa especie de alien inalcanzable que te engulle antes de conocerlo. El arte puede estar latente dentro de ti. No es necesario buscarlo. Es tan respetable levantarse y preocuparse con “qué me pongo” como reflexionar si una escultura tiene la forma, material y escala apropiados. Me atrevería a decir que, a veces, es el mismo ejercicio.

Asomaron cabezas femeninas en la escena musical en los ochentas. Recuerdo especialmente a las Vulpes, consideradas el primer grupo punk-rock de origen vasco con su único tema de éxito: “Me gusta ser una zorra” (una versión evidente de “I want to be your dog” de Iggy Pop). Para mí, fue un manifiesto en grito contra el silencio sexual femenino. Pero tuvo un eco incomprendido. Los hombres -que eran la mayoría de su público- interpretaban el tema como una forma explícita de dar consentimiento a sus avances sexuales. Las veían simplemente como unas guarras. Allí estaban ellos entre el público para decirles: “yo te voy a dar lo que necesitas”.

Los estilos estaban muy marcados: hippies, borrokas, metaleros, medio punkies, medio modernos, maricas reprimidas, camioneros, aldeanos machotes. La mayoría hombres. Feos maquillados de intelectuales en busca de alguna muchachita a quien enseñar desde su alcoba sus conocimientos. Entre tanto, no destacaban muchas mujeres con su presencia. El mensaje estaba claro: NO HAY FUTURO PARA TI. En tu entorno más cercano, no se te permitía invadir el territorio ajeno con preocupaciones intrascendentes, entre ellas, preocupaciones artísticas banales por su carencia de funcionalidad. Existían muchas cuestiones políticas que resolver y por tanto, no había tiempo para pintarse los labios de color negro. Era frivolidad, una forma de pecado secular.

Sin embargo, en lo más profundo de mí, creía que la expresión individual era la mejor revolución, y que tus armas, aunque en principio sean ridículas y superficiales, pueden dar con un camino. Ahí hay una actitud que tiene que ver con el arte. Puedes subvertir la lectura que los demás tienen de ti. Si decides reclamar tu cuerpo como una fuente de conocimiento puedes controlar tu propia construcción.

Se oía continuamente “el arte ha muerto”. En todo, había un discurso subliminal sobre el abismo, sobre la decadencia del artificio de las masas. Parecía que la única solución era quedarse con la esencia. ¿Pero, cómo se puede llegar a la esencia de las cosas?. ¿Cómo podías tirarte a la piscina si te doblegabas al ser testigo de un mundo que ya agonizaba?. Parecía lógico perecer en él sin tener la posibilidad de hacer algo. Te hacían sentir muy mayor aún siendo muy joven. No había mucho donde escoger. Aquello que tenía eco social se despreciaba por norma porque lo “auténtico” era otra cosa. Si alguien destacaba debía ser porque probablemente se había prostituido, o en otras palabras, porque se había “vendido” al sistema. El triunfo necesariamente iba unido a personas dóciles, a personas que traicionaban el pensamiento colectivo.

Como mujer, empezaba a entender que mi camino iba seguir la ruta del no-reconocimiento oficial, pero no quería sumarme a la transitada senda del malditismo masculino que era algo con lo que más me podía identificar en ese momento. Aunque reconozco que la decadencia o todo aquello que hiciera temblar los cimientos de los valores inamovibles, me atraía, no me parecía una buena opción dejar mi futuro en manos de ese único destino. Los poetas no reconocidos, adoptaban esa pose de referirse únicamente a la conciencia del mal de la vida desde una única perspectiva. Una cosa era la irresistible voz de poetas como Artaud, Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire, Keats, Poe, etc y otra era utilizar la excusa de la incomprensión social como prueba de tu valor. Es decir, que un autor con obras mediocres, ante su falta de relevancia y presencia, se autodenominara maldito, incomprendido, renegado.
No quería sumirme al discurso de los demás en gran medida porque eran incapaces de aceptar el juicio ajeno como una forma válida de crítica. Me parecía una excusa pueblerina de hombres amargados. Quería huir de mi realidad. Quería hacer mi propio proceso de demolición del mundo de los otros que con seguridad, no era el mío. Empezar desde cero. El único instrumento posible era canalizar los hechos a través del arte. En este punto, creo que la sensación de que no tienes nada que perder, puede ser el mejor impulso creativo. La meta no es conseguir escalar en la sociedad, que te reconozcan, la meta es conseguir que no esperes a que los demás te acepten, que primero te enfrentes a tu propio espejo, a tu propio combate. Que ejerzas tú misma la cualidad de crítica y juez.

Todo ese paisaje de fondo violento-lo vuelvo a repetir- eclipsaba la lucha de la mujer que desea ser algo más que lo que le inculca la sociedad y el tiempo que le ha tocado vivir. Nunca me he creído que la sociedad vasca es un matriarcado. Suena muy bien, pero no es verdad. El matriarcado vasco tiene mucho de mitología, de paisaje bucólico. A mi me recuerda a la sociedad griega y la hipócrita lectura que se hace sobre ella en lo que concierne al género. Cuando se declara a la mujer partícipe en su política, y lo que hacían fundamentalmente, era propiciar la libertad de sus compañeros. Mientras ellas parían y sus cuerpos se deformaban, ellos cultivaban su cuerpo y al mismo tiempo, conocían a sus amigos-amantes explorando su sexualidad y su identidad. Me acuerdo mucho de las narraciones sórdidas de un amigo, a quien le gustaba calmar los apetitos de los maridos bilbaínos. Iban al Parque de Doña Casilda en la oscuridad para vengarse de una vida aparentemente heterosexual. Allí acudían entre la maleza un buen puñado de hombres insatisfechos vestidos de traje. Yo me preguntaba: ¿ y dónde van sus mujeres para clamar contra su vida-jaula?¿ Dónde encuentran ellas sus momentos de placer secretos?. Esta femineidad abnegada, despojada de hedonismo, relegada al hogar o a la esclavitud de un puesto de trabajo indeseado, no era algo con lo que yo me identificaba.

Todos sabemos que se puede transformar una cultura mediante las vanguardias artísticas. Pero en los años ochenta, las vanguardias se importaban. Me acuerdo que cuando comencé Bellas Artes casi todo el mundo quería ser expresionista. Se asumía que lo que venía de fuera era más contemporáneo. Los expresionistas abstractos tomaron la postura de los trabajadores. Esta aproximación a “lo obrero” fue asumida por casi todos los artistas jóvenes porque me imagino era lo más lógico en ese momento, lo que más se semejaba con la clase social trabajadora. Había que justificar el arte. Parecía que el trabajo, el esfuerzo, la dedicación a él en horario de fábrica, significaba necesariamente un buen resultado.( Warhol en este sentido siempre me pareció remarcable porque trabajaba en algo para restarle su significado y sabía delegar en otros).
Grandes formatos, grandes pinceladas, mucho olor a trementina, mucho peso, mucha textura, mucho trabajo de estudio, mucha madera, mucha soldadura, mucha pintura en los pantalones. Mucho dictado: “esto está bien-esto está mal”. Ese es mi recuerdo.

Además, refiriéndome a lo social, siempre pensé que hay otras pautas. Por ejemplo, el arte es una pauta contra la definición estándar de clase social; me refiero a la llave que el arte otorga, cuando un artista es aceptado independientemente de su género, estatus social, raza, religión o adhesión política. Se te aprecia por lo que haces, por lo que eres, no por tu ascendencia. Es lo que podríamos llamar la aristocracia del talento. En la sociedad, si se procede del submundo y escalas más allá de las limitaciones de tu origen, eres un arribista. ¿Os suena la frase: “¿Quién te has creído que eres?”.
Sin embargo, hay algo casi milagroso y es que el arte es una de las pocas herramientas sociales que legitiman a la persona por su talento. Validan a un ser por ser capaz de hablar desde la libertad y la ausencia de imposiciones. Cuando el arte es simplemente esto, una validación, cuando excluimos todos los caprichos del mercado y de las personas que ejercen su poder en él, merece la pena hablar de él.

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